EXPERIENCIA DE MISIÓN EN SEMANA SANTA
- Fecha: 20-04-2026
- Autor: Luis Fernando Hernández Mena, Propedéutico Claretiano
El 26 de marzo de 2026 viví una experiencia profundamente significativa en mi proceso formativo y vocacional, al participar en la misión de Semana Santa en una comunidad del estado de Guerrero. Esta vivencia marcó un antes y un después en mi manera de comprender la fe, la comunidad y la presencia de Dios en lo cotidiano.
Al llegar a la misión me encontré con una realidad muy distinta a la que vivo habitualmente en mi casa de formación en Guadalajara. Sin embargo, más allá de las diferencias materiales o sociales, lo que realmente me impactó fue el encuentro con una comunidad viva, llena de fe, en la que el Señor se hace presente de manera sencilla pero profunda en medio de las personas.
Durante los primeros días, compartimos con los hermanos Claretianos en la parroquia. Posteriormente, el sábado por la tarde, partimos hacia la comunidad de Ahuaxoxitlán II perteneciente a la sede parroquial, donde se venera al Señor Santiago Apóstol. Al llegar, fuimos recibidos con gran alegría y hospitalidad. Desde ese primer momento se percibía el espíritu comunitario y la disposición de las personas para vivir intensamente los días santos.
Junto con la comunidad organizamos el programa de Semana Santa, desde el Domingo de Ramos hasta la Vigilia Pascual. Fue muy enriquecedor ver cómo ellos mismos aportaban ideas y participaban activamente en la planificación. El Domingo de Ramos iniciamos con una procesión a las cinco de la tarde, partiendo de la capilla de San José hacia la capilla de Santiago, donde celebramos la Palabra. Desde ese día pude contemplar una comunidad unida, participativa, en la que niños, jóvenes, adultos y ancianos se integraban con entusiasmo.
Durante los días lunes, martes y miércoles realizamos retiros para niños por la mañana, de 10:00 a 13:00 horas, y por la tarde celebrábamos la Palabra con toda la comunidad. La respuesta fue muy positiva y constante, lo cual reflejaba el deseo de encuentro con Dios.
El Jueves Santo celebramos la Cena del Señor. Iniciamos con una procesión desde la capilla de San José hacia el templo de Santiago Apóstol, llevando al Santísimo Sacramento. Posteriormente, celebramos la Eucaristía con una notable participación de la comunidad. Fue un momento de profunda comunión y recogimiento.
El Viernes Santo iniciamos con el Viacrucis a las nueve de la mañana, recorriendo distintos puntos hasta llegar al lugar donde tradicionalmente se realiza la crucifixión. Este espacio, rodeado de naturaleza, transmitía una paz especial que permitía contemplar el misterio de la cruz con mayor profundidad. Por la tarde celebramos los oficios de la Pasión del Señor, en un ambiente de silencio, respeto y recogimiento, donde se percibía el dolor por la muerte de Cristo, pero también la esperanza.
El Sábado Santo por la mañana celebramos el Vía Matris, meditando el dolor de la Virgen María ante la muerte de su Hijo. Fue un momento muy significativo, en el que la comunidad acompañó con devoción a María en su sufrimiento. Por la noche, a las 7:30, nos reunimos para el lucernario, encendiendo el cirio pascual y saliendo en procesión hacia el templo, donde celebramos la Vigilia Pascual. Esta celebración fue especialmente alegre: se podía ver en los rostros de las personas la esperanza y la alegría del Cristo Resucitado.
Al finalizar, expresé mi agradecimiento a la comunidad por su acogida, su generosidad y el cuidado que tuvieron conmigo durante toda la semana. Asimismo, los invité a participar en la Eucaristía del Domingo de Resurrección en la parroquia, a las 10:00 de la mañana, donde también se contó con una gran participación de fieles.
Durante la misión, pude reconocer varios aspectos importantes. En primer lugar, una comunidad profundamente creyente, organizada y comprometida. Aunque en algunos aspectos materiales se perciben condiciones de pobreza, esto no impide que las personas vivan con dignidad, esfuerzo y esperanza, trabajando día a día para salir adelante.
Otro aspecto que llamó mi atención fue su alimentación, basada principalmente en productos locales como el maíz y el frijol, así como su rica gastronomía. De manera especial, durante los días santos comparten el totopo y el atole de piña, una tradición muy significativa para ellos. Al preguntar el sentido de esta costumbre, me explicaban que representa lo que comió Nuestro Señor Jesucristo en la Última Cena, lo cual muestra cómo integran su fe en su vida cotidiana.
También me impresionó la práctica de la “disciplina”, en la que, al finalizar la Vigilia Pascual, algunas personas reciben golpes simbólicos como acto de penitencia y reconciliación con Dios. Aunque es una expresión fuerte, refleja el deseo sincero de conversión y renovación espiritual.
Sin duda, esta misión fue una experiencia maravillosa. Dios me permitió encontrarme con rostros nuevos, pero llenos de su presencia. Pude descubrir que el Señor se manifiesta no solo en lo extraordinario, sino también en lo sencillo, en la austeridad, en la vida diaria de las personas.
Agradezco profundamente a Dios por haberme acompañado en esta experiencia, a la comunidad por su testimonio de fe y a los Misioneros Claretianos por brindarme la oportunidad de vivir una Semana Santa distinta, pero profundamente transformadora. Esta vivencia fortalece mi vocación y me impulsa a seguir buscando a Dios en medio de su pueblo.
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