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Claret y las virtudes 

que “el misionero apostólico debe ser el dechado de todas las virtudes; ha de ser la misma virtud personificada. A imitación de Jesucristo, ha de empezar por hacer y practicar, después enseñar”.

Espíritu transparente

El misionero claretiano ha de estar revestido de un conjunto de virtudes, a imitación del primer misionero, Jesucristo. Alcanza su identificación o configuración con Cristo no solamente por medio de los consejos evangélicos, sino también por medio de otras virtudes. El Padre Claret dice que “el misionero apostólico debe ser el dechado de todas las virtudes; ha de ser la misma virtud personificada. A imitación de Jesucristo, ha de empezar por hacer y practicar, después enseñar”. (Aut. 34 cfr. 388). San Antonio Ma. Claret, expone en siete capítulos de su autobiografía, las virtudes que necesita un misionero en su vocación y misión: la humildad y la pobreza, la mansedumbre, la modestia, la mortificación y el amor (caridad) a Dios y al prójimo. 

La humildad, fundamento de todas las demás virtudes (cf. Aut. 341), es indispensable para el misionero, que debe ser y sentirse en todo momento puro instrumento en las manos de Dios. "Él, siendo de condición divina, no se apegó a su igualdad con Dios, sino que se redujo a nada, tomando la condición de servidor, y se hizo semejante a los hombres. Y encontrándose en la condición humana," (Fil 2,6-7). San Antonio María Claret habla aquí del puesto de esta virtud en la espiritualidad cristiana, acentuando su carácter cristológico, tal como suele hacer con las demás virtudes. Un canal por donde pasa el agua, cuanto más hondo e inclinado, más corriente tiene: así nosotros, cuanto más hondos e inclinados por la humildad, más gracia obtendremos de Dios.

Por otra parte, hay que recordar que Jesús, se humillo con Dios. Todo cuanto Jesús decía, hacía y sufría, todo lo dirigía a la mayor gloria del Padre; nunca se lo dirigió a sí mismo: “No busco mi gloria, sino la de mi Padre” (Jn 8,50). Jesús se humillo con los demás. Era amigo de los pobres, de los pecadores y de los humildes. Prefería tratar con los pobres, con los ignorantes y con los pecadores que con los ricos y con los que se tenían por justos. Así pues, con las obras y con las palabras Jesús nos enseñó la humildad. 

La caridad Apostólica. “La virtud que más necesita un misionero apostólico es el amor” (Aut. 438). Como oyentes y servidores de la Palabra de Dios, lo que se debe hacer para salir buen predicador es amar mucho. Si carece de ello, será como una campana que suena o un címbalo que retiñe. Por eso, es un hecho significativo que San Antonio María Claret tomara como lema de su escudo arzobispal la frase paulina: La caridad de Cristo nos urge. Esta caridad le urgía en forma de celo apostólico. Se identificaba con el evangelizador lleno de ese celo y se retrataba a sí mismo cuando definía al misionero como “un hombre que arde en caridad y abrasa por donde pasa” (Aut.494). Siempre predicaba con amor.

La mansedumbre. “Aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11,29). La mansedumbre es una señal de vocación al ministerio apostólico. (Aut. 374). Los dos aspectos de la imitación de Jesucristo, manso y humilde de corazón (Mt 11, 29), deberán ser las motivaciones principales que nos muevan a adoptar aquellas formas de mansedumbre que sean las más convenientes, tanto en nuestra vida comunitaria como en el ejercicio del sagrado ministerio. Mejor es hacer menos con paciencia, mansedumbre y amabilidad, que hacer más con precipitación, con ira, con enfado y regaño, en donde las gentes se escandalizan. (San Antonio Ma. Claret, Antología Espiritual 423).

La Modestia. Dice San Antonio Ma. Claret, “mi modestia será la de Jesucristo”. (Aut. 389). La motivación no es de pura estética espiritual, sino eminentemente apostólica. El Padre Claret destacaba por su talante modesto. Era muy circunspecto en todas sus palabras, obras y maneras (cf. Aut. 386-388). Da el énfasis que la modestia debe nacer del corazón; no debe ser fingida, debe ser natural; no debe ser afectada, ni rígida y ni violenta.

La mortificación. La mortificación para San Antonio Ma. Claret es, ante todo, una actitud fundamental de cara a Dios, y una condición del testimonio apostólico. Privarse del gusto propio para dárselo a Dios. (cf. Aut. 391). Al definir el ideal del misionero, dice: “Nada le arredra; se goza en las privaciones; aborda los trabajos; abraza los sacrificios; se complace en las calumnias y se alegra en los tormentos. No piensa sino cómo seguirá e imitará a Jesucristo en trabajar, sufrir y en procurar siempre y únicamente la mayor gloria de Dios y la salvación de las almas” (Aut. 494). Cabe subrayar que la mortificación sin la oración es un cuerpo sin alma; y la oración sin mortificación es alma sin cuerpo. Las rosas de la oración no se crían sino en las espinas de la mortificación.

Las virtudes que nos enseñó San Antonio Ma. Claret tienen la Palabra de Dios como fuente primordial. No olvidemos como oyentes y servidores de la Palabra de Dios, afirmar que; toda la misión es Bíblica o no es misión. Cuando nuestra misión no se nutre continuamente de la palabra santa, sucede que deformamos el Plan de Dios, lo vaciamos de sus auténticas intenciones, nos centramos en criterios exclusivamente humanos y confundimos la eficacia del Espíritu con ciertas habilidades que producen resultados instantáneos.  La misión de la Iglesia recibe su ser, lo nutre y se mantiene en él por la Palabra fundante de Dios. 

P. Eduardus Dosan, CMF.

 

 

 

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